El Doctor Miguel Rojkín es el fundador de la empresa rosarina Wiener lab. Compañía dedicada a la evolución del laboratorio bioquímico desde hace más de 50 años. Este emprendimiento que comenzó sobre un escritorio de madera con muestras de laboratorio en el altillo de su casa de pasillo, se ha expandido de forma mundial, abasteciendo de insumos y equipamiento para el desarrollo de la Bioquímica Clínica y Hematología a diversas empresas y organismos de investigación.

Una vida dedicada a la investigación: Wiener lab.

Los teléfonos suenan incansablemente y las personas caminan por los pasillo de un Wiener lab, en pleno mediodía laboral. Todas las puertas de las oficinas están abiertas, y dentro de cada una de ellas se ve a alguien inmerso en su propio trabajo. Se escuchan conversaciones, impresoras en acción y algunos tacos que van y vienen. Pero entre todos esos ruidos a teclados y papeles, hay una música que viene del otro lado de una puerta grande de madera entre abierta. La voz ronza de Louis Armstrong entona una canción para la única persona capaz de disfrutarla entre tanto apogeo. Dentro de esa oficina, sentado delante de un escritorio, está Dr. Miguel Rojkín intentando musicalizar los ruidos de su compañía en plena producción.

El Doctor Rojkín es el fundador de la empresa rosarina Wiener lab. Compañía dedicada a la evolución del laboratorio bioquímico desde hace más de 50 años. Este emprendimiento que comenzó sobre un escritorio de madera con muestras de laboratorio en el altillo de su casa de pasillo, se ha expandido de forma mundial, abasteciendo de insumos y equipamiento para el desarrollo de la Bioquímica Clínima y Hematológica a diversas empresas y organismos de investigación. Los productos que se han ido desarrollando en las últimas cinco décadas desde la planta industrial en Rosario, están dirigidos a laboratorios de análisis clínicos de hospitales y bancos de sangre, llegando a distribuir a varios países tanto de Latinoamérica, como el resto del mundo.

El proyecto, que nació de la inquietud de dos jóvenes profesionales como lo eran el Doctor Rojkín y su socio fundador el Ingeniero José Berlanda, ha llegado a tener presencia internacinal con una red de distribución a través de empresas del Grupo en Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, México, Perú, Uruguay, República Dominicana y Venezuela, siendo la de Polonia la última en sumarse a la lista de sedes en el año 2009.

Su planta industrial es la más moderna de Latinoamérica por diseño, capacidad y tecnología aplicada. Es la única de la región que cuenta con instalaciones totalmente automatizadas para la fabricación de tiras de orina. Su producción cumple con exigencias regulatorias locales (ANMAT) e internacionales (FDA, CE, entre otras) y certificaciones de calidad.

Visionario en la materia, Miguel Rojkín y su equipo siguieron apostando a la evolución del laboratorio clínico conformando su propio Centro de Investigación y Biotecnología. Actualmente este Centro consta de un equipo de 30 profesionales que desarrolla, día a día, los nuevos productos de la empresa, siguiendo las nuevas tendencias tecnologías del sector. El laboratorio ha centrado, desde entonces, sus estudios en desarrollar productos con tecnologías tales como anticuerpos monoclonales para ser aplicados en el diagnóstico de Hepatitis, embarazo, determinación de grupos sanguíneos; DNA recombinante, para el diagnóstico de enfermedades infecciosas (Chagas, HIV, Hepatitis), y Real Time PCR, aplicada al diagnóstico molecular y seguimiento de enfermedades infecciosas (Chagas, HIV, Hepatitis C, Hepatitis B).

Otro de los grandes proyectos en los que embarcó Miguel Rojkín, acompañando este emprendimiento, fue la creación de la Fundación Wiener lab. en el año 1984. Esta institución fue creada con el objetivo fundamental de estimular el desarrollo de la profesión bioquímica, perfeccionando desde su inauguración a más de 2.000 profesionales en distintas áreas de investigación dictando cursos y seminarios por los más prestigiosos profesores de la especialidad, en los países donde el laboratorio está establecido.

De soñador a emprendedor

Antes de ser el Doctor Rojkín, Miguel quiso ser peluquero, entre otros tantos delirios de niñez. Hijo único de una maestra y un ingeniero, -descendente de vascos ella, polaco él, que marcaron su impronta tesonera y trabajadora- nació en Paraná, Entre Ríos, en un frío agosto de 1926 y no fue hasta casi llegada la adultez que descubrió su vocación en la Química: «En realidad yo nunca quise ser bioquímico. A mí me gustaba la Química y la Física, aproveché mi facilidad en una de las disciplinas y la convertí en mi profesión», cuenta después de reírse un rato al recordar cómo antes de descubrir las ciencias él soñaba con cortarle el pelo a todos los vecinos del barrio.

Pese a sus 86 años, como un buen caballero que es, aún se levanta de su escritorio cuando una mujer entra en la sala. Sin embargo pide dejar de lado las formalidades y ser siempre llamado por su nombre. Cuando se le recuerda sus méritos en la disciplina, Miguel se inclina para que no lo vean sonrojarse y anota en pequeños papeles los próximos libros que planea comprar.

El trayecto que lo llevó a estar de ese laddo del escritorio no fue corto ni fácil, sin embargo él lo ve como episodios en el mismo fluir de la vida. Como si fueran capítulos de una gran novela, Miguel vuelve con facilidad a sus primeros años de estudiante, retrocede las páginas de su historia y comienza el relato de su propio libro.

«Hice toda la primaria, mi primera comunión y el secundario en Paraná. Cuando terminé la escuela recibido de Maestro me vine a estudiar a Rosario», comienza a narrar Miguel. Pese al apego con su familia y las amistades que había forjado durante su infancia y su juventud, no tuvo problemas en trasladarse a Rosario para comenzar una nueva etapa. En la casa de estudiantes donde se instaló, encontró el sustento y cariño que le faltaba por las distancias. Sus compañeros de la pensión fueron su familia al otro lado del río y en ellos el joven estudiante encontró la fuente de motivación para llevar adelante sus proyectos. Se adaptó rápido a la gran ciudad y comenzó sus estudios, para seguir las carreras de Farmacia primero y Bioquímica después, tal como indicaba el plan de estudios en la que por aquellos años era la Universidad Nacional del Litoral, luego devenida en Universidad Nacional de Rosario. Fue en el mismo ámbito académico en el cual encontró referentes de la profesión con los cuales identificarse. Docentes y compañeros que compartían sus mismos valores y metas: «Con los buenos profesores, esos de vocación, hice buenas migas. Aquellos que se preocupaban por los alumnos no sólo en lo académico, sino también sobre la vida de cada uno como persona», destaca.

Al llegar a la recta final de su carrera, Miguel fue armando su propio camino. Como cualquier estudiante recién recibido trabajó un poco en los laboratorios de los hospitales y en algunas farmacias donde a cambio de algunas horas de ocupación, él se llevaba algunos pesos y aprendizajes en el campo de la profesión. Con el tiempo, además de recolectar conocimiento, fue juntando un montón de muestras en frasquitos y tubos de ensayo: «Todos los días les iba agregando algo, haciendo alguna experiencia, viendo cómo respondían mis experimentos». Además de hacer pruebas y trabajar para costear su carrera, Miguel empezó a mirar atentamente cuáles eran las falencias en la investigación de laboratorio, notando que la instrumentación de la época era primitiva y manual. Fue en ese período que el Ingeniero José Berlanda lo contactó desde Santa Fe para que lo ayudase con su trabajo en tesis en Química Industrial, y ese encuentro entre los dos profesionales fue el comienzo de una relación de amistad y compañerismo: «Después de un tiempo haciendo reactivos para los laboratorios junto a José se nos fueron ocurriendo ideas para mejorar los procedimientos. Compartíamos ilusiones y deseos. Además de compañeros y profesionales, éramos muy amigos», recuerda Miguel emocionado.

Del altillo rosarino al resto del mundo

Entre mates y tubos de ensayo, los compañeros crearon su primer producto para ser utilizado en un estudio ginecológico llamado «colpocitograma».

«Las muestras de esas secreciones se hacían con hisópos no invasivos que se trasladaban a una placa de miscroscopio. Ahí se los coloreaba y esto permitía hacer una evaluación de los órganos femeninos y el funcionamiento ovárico», cuenta Miguel mientras se inclina sobre su gran escritorio y con movimientos precisos recrea las acciones manuales que hizo durante toda su vida. Como si realmente estuvieran en su manos, toma un tubo de ensayo y le vuelca un líquido imaginario para explicar de forma gráfica y casi romántica su primer y exitoso producto.

Hace 50 años cada laboratorio clínico tenía una metodología de trabajo propia y los resultados de una misma muestra variaban de un laboratorio a otro, por lo que un médico no podía hacer un seguimiento de un paciente si éste recorría distintos centros de análisis: «Los bioquímicos trabajaban preparándose sus propios reactivos de manera particular, por lo que los resultados de los estudios dependían de dónde se hubiera hechos los análisis. Además el trabajo de las muestras debía hacerse todas las semanas porque el colorante era muy inestable y no duraba. La idea fue, entonces, la de crear un polvo estabilizado que al disolverse daba el colorante de trabajo y así empezaron a coincidir los resultados obtenidos por distintos laboratorios», explica Miguel mientras sostiene en sus manos dos tubos de ensayo imaginarios reactivos iguales.

Con una idea diferente y eficaz, los ahora socios comenzaron a obsequiar muestras de prueba a distintos colegas y laboratorios recibiendo muy buenas críticas de los especialistas: «La gente empezó a cotejar los resultados y ver que eran concordantes. Hubo comentarios favorables entre distintos profesionales y obtuvimos una producción importante. Nos encontramos con que nuestro proyecto se había comenzado a vender a través de las casas que comercializaban insumos químicos. Llegaban comentarios de profesionales satisfechos de varios países como Uruguay, Chile, Paraguay y distintos puntos de la Argentina». «Las claves del éxito fueron la estabilidad de los productos y la estandarización de los resultados obtenidos».

Así fue como el proyecto que comenzó en el altillo de la casa de Miguel por el año 1960, estimuló al equipo a encarar un emprendimiento mucho más ambicioso: Utilizando el mismo concepto de obtener reactivos estables, lograron formulaciones de otros líquidos, sólidos y en polvo que permitieron ampliar la paleta de determinaciones que demandaba al bioquímico. A poco tiempo de haber comenzado, los jóvenes pioneros de la bioquímica local, se enfocaron en ampliar el terreno de investigación llegando a desarrollar más de 10 productos de laboratorio que luego se convirtieron en la base de toda una más amplia y seductora oferta de aquel entonces.

Durante la década del 50′ y principios de los 60′ los laboratorios se manejaban de una manera muy precaria y conseguir los productos extranjeros era muy complicado ya que no existía una forma estructurada para la compra de comercio exterior. El ya fundado Wiene lab. se ocupó de llegar con sus productos a la mayor cantidad de países: «La idea era alcanzar a todos los profesionales bioquímicos por muy pequeños que fuesen y en cualquier lugar de Argentina o del resto de América Latina».

«En ese momento faltaba de todo. Era muy difícil conseguir elementos de trabajo, asesoramiento, profesionales que elevaran el nivel de profesionalidad de los bioquímicos». El mercado no estaba organizado, cualquier propuesta era bien recibida. El contexto aseguraba que había un terreno fértil para desarrollar cualquier proyecto. Wiener lab. no sólo ofrecía productos novedosos sino también acompañamiento científico, asesoramiento e información. Como bien lo describe el fundador, «la necesidad fue el motor en este mercado», la etapa de preparación, «un despertar de la competencia».

Y el mundo también se percató de esta situación y los grandes laboratorios europeos proveedores de los laboratorios clínicos empezaron a venir al país con mucho interés. Los congresos internacionales y nacionales que se realizaban en Argentina por aquellos tiempos fueron de gran convocatoria. El doctor Rojkín recuerda que venían los directivos de las principales empresas de diagnóstico del mundo y los buscaban en estos eventos. Incluso venían a Rosario a visitarlos, a conocerlos, a asegurarse de que realmente participarían de las conferencias. Había un claro interés en conocer, ver y palpar el éxito de Wiener lab.

En ese momento la firma comenzaba a tener peso propio y a ser reconocida por los referentes más grandes del sector. Rojkín tomó conciencia del crecimiento y el posicionamiento de su empresa cuando empezaron a estar en el ojo de los grandes competidores internacionales y ellos modificaron su accionar en Argentina y América Latina para mejorar su presencia en el mercado y modificar técnicamente su trabajo profesional.

Fue así como muchas compañías comenzaron a poner sus propias distribuidoras tanto aquí como en el resto de Latinoamérica, donde ya estábamos instalados con pequeños representantes o delegados comerciales», recuerda Miguel con una leve sonrisa de orgullo en su rostro.

Pero la sonrisa se desvanece de a poco en su rostro y disimuladamente saca un pañuelo de su bolsillo. Aunque haga fuerza, su voz se quiebra un poco cuando recuerda una de las grandes pérdidas que tuvo su proyecto: «Cuando José murió no quedó otra que seguir adelante. Un socio es un amigo y José fue eso». Miguel se recuesta un poco sobre su silla y se gira con ella para observar su oficina: «Sin José nada de esto existiría», concluye.

La pérdida de su compañero de trabajo no detuvo al doctor al momento de rearmar la estrategia y continuar con el desarrollo de este proyecto que crecía a pasos agigantados. Nuna habla de obstáculos en el camino, porque siente que en lugar de ellos, siempre encontró «estímulos» y cuando conversaba sobre algún tema, surgían ideas creativas, incentivos, y afirma: «siempre hemos visto a los desafíos como oportunidades y nunca como amenazas, por lo que nunca no han faltado ni desafíos que amar ni oportunidades que aprovechar», dice el doctor en un suspiro de experiencia.

El poder de ver más allá

Saber cuáles fueron las decisiones más acertadas que tomaron desde la dirección de Wiener lab. al inicio de la empresa no es tarea sencilla. Seguramente fueron muchas las cosas que se cambiaron al dar «un golpe de timón».

«Lo más significativo ha sido mirar hacia el exterior, porque luego de ir a los países vecinos se presentaron las oportunidades de ir a Europa y a tantos otros lugares, países de África y Asia que yo ni conocía, Australia, cosas inimaginables».

Pero Rojkín asume que una de las decisiones históricas más acertadas fue mirar ese mundo exterior no sólo en cuanto a las investigaciones y adelantos científicos. Al mismo tiempo admite:

«Hemos sido los únicos suscriptores en la Argentina de algunas revistas de contenido científico. En esos momentos era la única manera de tener un acercamiento con los principales centros de investigación del mundo. Hemos viajado para ir a alguna biblioteca en el exterior, sólo para poder leer sobre algún tema que teníamos relevado».

Desde siempre, el laboratorio intentó ser de los primeros en hacer, crear e investigar. Y entre las premisas irrevocables están justamente esta cuestión de seguir intentando conseguir los máximos logros. Y la tarea da sus frutos, ya que se posicionan entre los primeros laboratorios del mundo en explorar nuevas técnicas para poder tener las cosas «más maduras».

El ingrediente secreto: Un buen ejemplo de trabajo

El Doctor Rojkín no pierde el hilo del relato y da vuelta la página de este libro que es su vida. Se enfoca nuevamente en la conversación, se endereza y con su voz suave y amable aclara que ha sido un hombre con suerte. Luego de la pérdida de su socio, encontró un equipo que lo ayudó a seguir adelante: «Dios me mandó un grupo de personas en las cuales confiar y avanzar, gente que creía en el proyecto tanto como mi socio y yo habíamos hecho».

Miguel es un hombre canoso de peinado impecable y traje planchado. A cada persona que pasa por la puerta abierta de su oficina él la observa y le sonríe amablemente: «Yo no hice nada solo. Nunca habría podido, todas estas personas son las que hacen Wiener lab. Solamente tuve un puñado de ideas que compartí, pero esta gente que está aquí y la que ya no está fueron las que me ayudaron a llevar adelante los proyectos, los que confiaron en esto más que nadie».

Hoy, 50 años después de que Miguel Rojkín se sentara en un banquito de madera delante de un viejo escritorio a mezclar líquidos y hacer muestras, Wiener lab. crece todos los días llevada adelante por la herencia del bioquímico y su mujer Myrna, incansable compañera, fiel a la hora de acompañarlo en este suelo. Los cuatro hijos de la pareja se encargaron de distintas áreas de la empresa, expandiéndola y buscando mejorar todas las tareas en las que la compañía se compromete. Ahora, con una nueva generación conformada por algunos nietos, el equipo de trabajo se ha ido ampliando.

«Los chicos se fueron acercando solos al laboratorio. De pequeños ya venían a curiosear y preguntar cómo funcionan las cosas. Son ellos quienes seguirán adelante con la compañía y veo que algunos ya están preparados y otros están interesados en lo que sucede acá. La motivación es el disparador para cualquier cosa y los chicos le ponen mucho énfasis a cualquier actividad que se proponen.»

Delante del escritorio de Miguel, en una biblioteca, hay una gran foto de él junto a sus 18 nietos, algunos cuando todavía eran unos bebés. Después de unos minutos en silencio observándola Miguel agrega: «La clave del éxito es un bien equipo de trabajo. Y ese de ahí es un equipo familiar», destaca casi en un susurro compartiendo el ingrediente secreto de su experimento más preciado.

El presente fragmento ha sido extraído del primer volumen del libro «Pioneras Presentes: el espíritu empresarial que hace grande a Rosario», publicado por Fundación Libertad en el año 2012.