Por: Rafael E. Micheletti.

La difícil e inentendible situación política de Argentina.

La Argentina parece estar estallando por los aires. La incertidumbre crece y los mercados colapsan. Pero, sin embargo, en medio de este caos, se pueden encontrar regularidades, patrones y tendencias sistémicas. Hay motivos para que haya pasado lo que pasó. Es fácil decirlo ahora, desde luego, pero tenemos la obligación de escarbar en las causas profundas para poder despejar la mirada a futuro.

Lo primero que hay que decir es que, si bien los mercados y el pueblo se pueden equivocar, pues son seres humanos, en general tienen su lógica y sus motivos para actuar como actúan. El pueblo se cansó de esperar la reactivación prometida por Macri. El sacrificio se hizo eterno hasta que la mayoría dijo basta. No buscó una salida extremista. Se volcó hacia la única opción que podía derrotar a Macri. De hecho, si Cristina se bajó fue, en parte, porque necesitó un rostro más moderado y libre de sospechas directas de corrupción para mantenerse competitiva. En estas condiciones, el votante de Massa, descontento con el gobierno, fue a Alberto en vez de a Lavagna, acercándose el primero a la cantidad de votos que obtuviera Scioli en el ballotage de 2015.

Los mercados, por su parte, observan que el kirchnerismo, en sus doce años de gobierno, fue creciendo en sus tendencias autoritarias, afectando la seguridad jurídica y la racionalidad económica cada vez más. Todavía hoy el núcleo duro del kirchnerismo apoya al dictador fanático y asesino Nicolás Maduro, que prácticamente ha pulverizado una nación entera. Y el triunfo de Alberto reposiciona al kirchnerismo duro como factor de poder y aumenta la probabilidad de que Argentina se enfile hacia el destino de Venezuela, si bien no quiere decir que ello sea sencillo ni que vaya a ocurrir de un día para el otro. En Buenos Aires, bajo el mando de Kicillof, gobernará La Cámpora, es decir, el kirchnerismo puro y duro. En el peor escenario, podría afianzarse un entramado totalitario en dicha provincia con foco en el conurbano y en asociación (como ha ocurrido con la extrema izquierda en otras partes de Latinoamérica) con el narcotráfico y la criminalidad organizada.

Hay que decir, también, que Alberto no es exactamente lo mismo que Cristina, aunque lo es en muchos sentidos. Ella lo nombró a él, y no al revés. Alberto va a tener que negociar día a día con Cristina parea tener gobernabilidad. Pero también es cierto que Alberto no es un bebé de pecho, sino más bien un operador y negociador político con experiencia, que no se va a dejar manejar del todo tan fácilmente, y que va a saber usar los recursos de poder a su disposición. Además, su desempeño electoral, muy por encima de las expectativas, lo apodera frente a una Cristina con techo bajo.

Como vemos, la situación es un poco más compleja de lo que parece a simple vista. Cambiemos parece destruido, pero también lo pareció el kirchnerismo, no una, sino tres veces. Es cierto, Cambiemos no maneja las estructuras ni las redes clientelares que controla Todos. Pero es verdad que, para muchos, su obra quedó inconclusa, apenas tuvieron la oportunidad de un mandato y en condiciones adversas. Un desempeño mediocre de Todos podría abrir las puertas a un resurgimiento de Cambiemos, acaso renovado, con un nuevo rostro (¿Vidal? ¿Larreta?), como ocurrió con el kirchnerismo. Macri obtuvo, en las PASO de 2019, un millón de votos más que en las PASO de 2015, lo cual no es poco. En un marco de decadencia económica, el votante antimacrista de Massa habría ido a Alberto, mientras que el anticristinista se habría quedado con Lavagna pero, frente al miedo a Cristina, podría redirigirse hacia Macri. Es prácticamente imposible que Macri gane, pero podría tener un desempeño bastante mejor que en las PASO y salir relativamente fortalecido, o no tan debilitado. De hecho, Alberto obtuvo casi tantos votos como Scioli en el ballotage de 2015, lo cual podría significar que los votantes no se movieron tanto como parece y que habría llegado a su techo.

Alberto Fernández, en estas circunstancias, tendría dos alternativas: hacer un gobierno productivista a costa de la pobreza masiva, con tipo de cambio alto y gasto público licuado, como Duhalde, o bien recostarse en el kirchnerismo duro, prepararle el terreno a Cristina (¿o Máximo?) y empujarnos hacia el peligroso camino por el que avanzó en las últimas décadas Venezuela. Todo parecería indicar que intentará lo primero, pero también depende de la apertura y habilidad de la oposición para unirse, dialogar y negociar con Alberto. Las lecciones de todo esto son unas cuantas. La democracia argentina sigue joven y frágil. Los argentinos no podemos dormirnos ni confiarnos demasiado en este aspecto. Asimismo, la transparencia, la honestidad y la institucionalidad son claves, pero sus efectos son a mediano y largo plazo. En el corto plazo, es preciso que funcione la economía. Y no habrá un cambio económico significativo mientras los impuestos sigan tan altos, las regulaciones tan rígidas y la competitividad de nuestras empresas tan baja. En materia de economía, desde el retorno de la democracia, el modelo económico ha sido, sin excepción, gasto público alto con inconsistencias macroeconómicas que derivan en crisis recurrentes, con tendencia de largo plazo a la decadencia.

Alberto Fernández no parece, desde todo punto de vista, el indicado para cambiar este modelo. Macri, que parecía estar en condiciones de hacerlo, tampoco lo hizo (o no lo suficiente). Aquí el riesgo de frustración antisistema crece. Si Alberto hace un mal gobierno o no satisface al electorado, y Cambiemos no logra reconstruir su credibilidad, el resultado podría ser una realimentación positiva o efecto bola de nieve antisistema con consecuencias impredecibles.

El electorado argentino, dividido en tres tercios, empezó a polarizarse. El kirchnerismo le encontró la vuelta a esta dinámica aliándose con el massismo. Y surge la pregunta, ¿cómo romperán este desequilibrio las fuerzas democráticas reales, favorables a la democracia liberal, con división de poderes, transparencia y Estado de Derecho? ¿Serán capaces la centroizquierda y la centroderecha de dejar sus diferencias para unirse y aislar y derrotar al extremismo de izquierda? ¿No fue un error (quizás inevitable por no tener otra opción) la alianza de Macri con Pichetto, reconociendo que no le sumaba votos pero sí “gobernabilidad” (resucitando un estigma aparentemente superado a esa altura y desperdiciando la oportunidad de ampliar su base electoral)? ¿Podría el gobierno, por ejemplo, tener la humildad necesaria para acordar un programa económico intermedio con Lavagna (quizás, por qué no, nombrándolo ministro de economía), y éste último el desapego y la visión de estadista para aceptar apoyar al gobierno y aliarse en defensa de la democracia? Todo esto parece demasiado lejano a la realidad, lamentablemente.

El episodio Cambiemos no fue en vano. El saldo es un entorno institucional en el que serán más difícil que antes la corrupción y el autoritarismo: la digitalización y transparencia de la administración pública, la disminución del costo de la obra pública por eliminación de sobreprecios, la ley del arrepentido, el régimen de extinción de dominio y la responsabilidad penal empresaria, son un legado espectacular en contra de la corrupción y de las mafias. No va a ser tan sencillo desbaratarlo (o por lo menos no sin costo político), aunque sin dudas no imposible.

Las preguntas son muchas, y las respuestas pocas. Todo parece abierto, cambiante y sorpresivo en la Argentina de hoy. En aguas movidas y turbulentas hay riesgo de confusión y desesperación, pero también oportunidad de aprendizaje y fortalecimiento. Dependerá de cuánto nos comprometamos los argentinos con la legalidad, la democracia, el bien común y la esfera pública en el día a día de nuestras vidas; de en qué medida entendamos que estamos todos en el mismo barco, y que con los pequeños gestos y las pequeñas acciones construimos cultura que luego nos condiciona y limita colectivamente.