¿Qué porvenir nos espera? ¿Todo será distinto? ¿Qué debería hacer el gobierno? ¿Cómo nos comportaremos?

Por: Dr. Antonio I. Margariti

1. QUÉ PORVENIR NOS ESPERA

En nuestro país hay una mayoría de ciudadanos animosos, pero también de tímidos y miedosos, que ahora están muy preocupados. Cumplen a rajatablas con las leyes de necesidad y emergencia pese a que limitan derechos y garantías individuales, pero quieren saber qué puede sucederles.

Junto con ellos, hay otros personajes tenebrosos, que son minoría pero ávidos de poder y que pretenden aprovechar esta epidemia universal de corona virus para dar un zarpazo ideológico instalando la idea de que será imprescindible un “Estado Omnipotente” para manejar la vida, las emociones, los sentimientos y el patrimonio de todos nosotros.

Por eso, es justo y necesario que comencemos a reflexionar sobre estas delicadas cuestiones:

¿Qué porvenir nos espera después del corona-virus?
¿Todo será distinto o seguirá igual?
¿Al final de la epidemia, qué debiera hacer el gobierno?
¿Cómo deberemos comportarnos los ciudadanos?

Las adecuadas respuestas a estas preguntas son esenciales. Porque lo que está en vilo y por mucho tiempo es nada menos nuestro destino y estilo de vida.

2. ¿SABEN GOBERNAR?

En este contexto tenemos una evidencia contundente. En Argentina, desde hace tanto tiempo que perdimos la memoria, hemos tenido muchos gobernantes pero nos ha faltado un “buen gobierno”. Hemos visto la corrupción enquistada en el poder y la escasez de “decencia”. Constatamos que hacen negociados pero nunca “reciben condenas”. Escuchamos relatos tramposos y no vemos que se busque la “verdad”. Recibimos promesas ficticias pero no se “realiza nada”.

Sin embargo pontifican sobre el Estado presente y pronto comenzarán a catequizarnos sobre el Estado omnipotente. Quieren aprovechar la ocasión.

Lo real es que no saben gobernar.

En estas horas aciagas por la emergencia sanitaria, debemos observar algunas cuestiones muy delicadas: ¿Porqué toleran el caos social e incentivan el desorden económico? ¿Saben cómo reorganizar una economía paralizada por la cuarentena y devastada por la inflación, la pobreza, la falta de trabajo y el endeudamiento público? ¿Qué intenciones persiguen cuando redactan medidas y toman decisiones? ¿Piensan en ellos o están preocupados por nosotros? ¿Saben lo que van a hacer? ¿Hacia dónde pretenden conducirnos?

En pocas palabras, nuestros actuales gobernantes y los que aspiran a sucederlos parecieran no ser conscientes del desastre que se puede derramarse sobre nuestro pueblo. Quizás sólo piensen en mantener sus cargos públicos, cómo actualizar sus ingresos y de qué manera van a arrebatar la riqueza ajena para sobrevivir y perdurar hasta que todo explote por los aires.

3. DIGNIDAD DE LAS PALABRAS.

La palabra gobernar es una de las más ilustres de nuestro idioma. Proviene del latín “gubernäre” y deriva del griego “kibernare” (κυβερναν) voz que, a su vez, da lugar al término “cibernética”. Ambos vocablos significan lo mismo: “pilotear la nave”. Es decir conducir el timón de un barco por la ruta trazada. Que en eso consiste el arte del buen gobierno, una de las más nobles ocupaciones humanas.

En sus tres extensos períodos de un milenio y medio (monarquía, república e imperio) la Roma clásica tenía ideas muy claras acerca de todo lo que venimos diciendo.

Sabían que el poder político se basa en valores, no en egoísmos, los cuales se practican mediante las virtudes, nunca con los vicios del gobernante.

Los valores pertenecen al dominio de la inteligencia que es la facultad de conocer, analizar y comprender. Las virtudes pertenecen al campo de la voluntad que es la facultad de hacer o no hacer algunas cosas eficaces.

Los romanos distinguían tres cosas: Potestas , Imperium, Auctoritas y pudieron subsistir tanto tiempo porque en esos tres conceptos descansaba el equilibrio de un Estado que duró 1.300 años.

La POTESTAS surge al tener un cargo público en el gobierno. Es un poder que resulta simplemente de ocuparlo, originado en una ley previa y reconocida institucionalmente. La potestas no se cuestiona: se tiene y se ejerce, para bien o para mal. Es la capacidad de imponer decisiones por coacción legal y por la fuerza de sanciones. Por eso se otorgaba a los magistrados, pretores y padres de familia. De allí que, en estos últimos, se llamara la “patria potestas”.

Hoy vendría originada en la proclamación de Presidente electo cuando asume el cargo prestando el juramento para honrarlo.

El IMPERIUM  es otra cosa. Significa el mando efectivo de quienes asumen el poder político y disponen de la capacidad militar y policial necesarias para prevenir y reprimir delitos. En Roma correspondía a las legiones romanas que dominaban las poblaciones de territorios conquistados, asegurando la “pax romana”.

Hoy se manifestaría con el mando efectivo de las fuerzas armadas y la disposición de un eficiente sistema policial que garantice la tranquilidad interna de todos los habitantes y la seguridad exterior del país.

La AUCTORITAS es un poder que no puede conceder ni la ley ni el uso o abuso de la fuerza. Es un poder moral que se gana a través del ejemplo y la trayectoria de vida, demostrando a los demás que el gobernante es digno de respeto. La auctoritas es la aptitud moral gracias a la cual, la sociedad acata las decisiones del gobernante sin cuestionarlas ni rebelarse, porque son sabias y justas. En Roma se aplicaba al liderazgo supremo de senadores y emperadores.

Hoy se ejercería cuando los ciudadanos, al escuchar que el gobernante brinda explicaciones claras y racionales, las cumple porque respeta y aprueba los motivos de las medidas adoptadas.

4. GOBERNAR NO ES IMPUNIDAD, NI FRIVOLIDAD, NI ROBAR.

Los romanos tenían pensamientos claros y precisos. Rechazaban por bastarda, la idea de que el poder político “consiste en tener impunidad”, como lo manifestó un poderoso empresario en la década de los noventa.

Del mismo modo, repudiaban la creencia de que el poder político “consiste en la sordidez” de apropiarse del dinero público para hacer política y comprar complicidades, tal como se practicó intensamente en la década de los dos mil.

Muchísimo menos pensaban que el poder político “consiste en actos de frivolidad” intentando gerenciar tan sólo un cambio de buenos modales mediante anuncios eufóricos y superficiales.

5. LARGA RISTRA DE FRACASOS

Nuestros políticos tienen Potestas, es decir que ocupan un cargo y cobran buen sueldo, pero por impericia, fragilidad o sumisión a otros, carecen de Imperium, esto es del mando efectivo para poner fin a la indisciplina y reconstruir el orden social.

También nos muestran ausencia de buenos ejemplos y de trayectoria de vida virtuosa. Por eso no les creen y carecen de Auctoritas moral para hacerse obedecer.

La cuestión no es nueva, arranca hace setenta y cuatro años. Los políticos y militares que llegan al poder, han repetido hasta el hartazgo las mismas recetas keynesianas que nos llevaron a la decadencia y han hecho gestiones tan lastimosas que nos hacen pensar en una “larga ristra de fracasos”. Fueron fuente de frustración social y de un generalizado espíritu de anomia.

Algo falla en el sistema de selección y acceso al poder para que siempre “lleguen los peores” y nunca “los mejores”. Quizás la clave anida en su pésima formación profesional. Los individuos con vocación política se preparan en una escuela de baja estofa, cuyo curriculum está integrado por la militancia partidaria, una formación banal, la ejercitación de retórica vacía, el aprendizaje de la picardía de sinvergüenzas y las prácticas de pendencieros y pandilleros. Así se suelen graduarse de políticos, una nueva clase social que tiene habilidades para vivir holgadamente de los demás tanto en el gobierno como en la oposición. Su pésimo desempeño puede sintetizar en un solo parámetro: la sistemática destrucción del valor adquisitivo de la moneda, de la que se apropian para hacer lo que sería descabellado aplicar en la vida privada familiar.

6. RESULTADOS DE 1946 A LA FECHA.

Si el lector tiene la paciencia de repasar la lista de medidas de los últimos 73 años de vida argentina, que presentamos en dos cuadros al final de este comentario, se dará cuenta que hemos probado de todo: lo sensato y lo insensato, el control y la vista gorda, la prohibición y la tolerancia, la arbitrariedad y la imparcialidad, la regulación y el libertinaje, el privilegio y la represión, la austeridad y el choreo. Todas las ideologías han puesto su marca. Desde el conservadurismo al socialismo, peronismo y autoritarismo, terminaron en el latrocino junto con la ineptocracia.

Los gobiernos han intentado corregir efectos, nunca remover las causas. Se han perdido en multitud de experimentos “sin-ton-ni-son”, tomando medidas efectistas, sin coherencia, fuera de un plan global y de toda proporción.

Salvo Juan D. Perón (1946) y Cristina F. de Kirchner (2007) todos los presidentes recibieron una “pesada herencia”, caracterizada por el déficit del presupuesto, deudas provinciales impagables, endeudamiento externo, inflación y crisis social. En 70 años, nuestra constante histórica ha sido el fracaso caracterizado por un denominador común: el keynesianismo.

Somos el único país del mundo que en 40 años (1970/2013) destruyó ocho veces su dinero. También la única democracia, que desde 1983 a 2020 ha trampeado a su propio pueblo pulverizando el valor de la moneda llevándola desde 1 u$s = 0,85 ₳ en 1983, hasta hoy en 2020 donde 1 u$s solidario = 848.300 ₳ (o su equivalente $ 84,83). Una obra maestra del terror.

La mayoría de nuestros gobernantes, no fueron idóneos sino ineficientes o chapuceros. Han incurrido en inconductas y cometido graves errores. Últimamente, nos han ofreciendo las peores cualidades del ser humano: la desfachatez con que mienten, la ignorancia derivada de su arrogancia, la avaricia engendrada por la deshonestidad, la desaprensión fruto de la frivolidad en que viven y el resentimiento por la codicia que anida en sus pechos.

Nadie mejor que Charles De Gaulle expresó estos pecados en los gobernantes: Francia no puede ser LA FRANCE sin la grandeur en sus gobernantes. Pero es esencial que esa grandeur esté acompañada por “l’humilité de son comportement” y “l’efficacité de leurs décisions” (Mèmoires d’Espoir, Plon 1971).

7. CÓMO SALIMOS DE ESTO

Para salir de todo esto no hay otra manera más que abandonar el burdo intervencionismo que nos agobia. Como lo demostrara claramente nuestro recordado amigo y excepcional economista, Rogelio Pontón, en una economía como la Argentina se intercambian aproximadamente 25 millones de productos finales, productos intermedios e insumos, que diariamente generan 312,5 billones de precios relativos. En economías avanzadas como EE.UU o Japón -se utilizan 100 millones de diferentes artículos- y diariamente se originan 4.999,8 trillones de combinaciones entre precios relativos.

Es imposible que algún gobernante o presunto académico becario o graduado en el exterior, tengan la arrogancia de hacer funcionar la economía desde el poder central. El Estado sólo puede pensar en términos de macroeconomía, es decir con datos globales y agregados híbridos, donde las particularidades de la vida real no cuentan para nada. Sin embargo, así nunca podrán encontrar el equilibrio global que sólo se forma con millones de equilibrios en la micro.

Por eso, todos los esfuerzos informáticos de los ministros de economía (como lo pretendieron muchas veces) son estériles para calcular costos, intervenir precios o autorizar márgenes de ganancia por producto vendido al público. No existe ninguna planilla Excel ni big data posible que pueda calcular y concertar tamaño “tsunami de datos” que evoluciona segundo a segundo a través de todo el planeta.

Tanto el actual gobierno de Alberto-Cristina, como los que lo reemplacen emocráticamente, debieran comprender por su propio bien, que las políticas intervencionistas basadas en cepos, impuestazos, apremios, úkases, controles o congelamientos de precios y salarios terminan siendo salvajadas que sólo sirven para desestructurar el orden económico, establecer el caos y rebajar la economía al nivel propio de la época de las cavernas. Ese es el futuro factible si triunfase la idea del Estado omnipotente.

8. LIBERTINAJE o PREPOTENCIA DEL ESTADO

Debemos reconocer que la política de “frivolidad financiera” ensayada durante la anterior gestión gradualista, fracasó porque había abandonado la forma de ordenación de la economía en manos de manipuladores monetarios con Letes, Bonos a 100 años, Lebacs, Leliqs, mesas de dinero, inflation target, carry trade y emisión de nuevas deudas.

Pero la idea del actual gobierno, de reemplazar esta “frivolidad financiera” por “la voz de mando” de funcionarios ignorantes y omnipotentes, que se creen dotados del poder de “imperium” sin autoridad moral, será mucho más desastrosa aún. Es absolutamente necesario reunir una “experiencia exitosa” con una “doctrina comprobada” dentro de la valentía en la toma de decisiones .

Volviendo a las dos alternativas, ambos ensayos: “la frivolidad financiera” y “la voz de mando” sin auctoritas prontamente engendrarán el virus letal de la democracia: la corrupción enquistada en el poder y la decadencia permanente, porque de manera inexorable «el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente»

Para completar el dantesco panorama del Infierno económico que nos acecha después de esta paralización por cuarentena, sólo faltaría que la Justicia se convierta en cómplice del poder político y todo se transformará en un “vasto latrocinio”, como lo señalaba Agustín de Hipona en el siglo IV en su libro: “La ciudad de Dios y la ciudad del mundo”.

La solución de esta ristra de fracasos se encuentra en un cambio copernicano: la decisión firme y sostenida de organizar el proceso económico cotidiano en base al ORDEN DE LA COMPETENCIA, asegurando la coherencia y armonía del ordenamiento económico con todos los demás órdenes de la vida: la seguridad, el respeto, la educación, la salud, la familia, la ética social, la libertad política, la moneda, las finanzas, las leyes, los impuestos y las jubilaciones. En economía esto se denomina ORDO o “interdependencia de los órdenes”.

9. SOLUCIÓN AL DESORDEN ECONOMICO

Ahora invitamos a examinar pacientemente los cuadros que muestran la reseña histórica de nuestros fracasos políticos y económicos desde 1943 a 2019 y el desenmascaramiento de quiénes y cuándo fueron los que contrajeron deuda pública. Luego, pensemos que la vuelta al orden sólo se puede hacer con sensatez, sentido común, inteligencia, rechazo a las malas experiencias pasadas y un vigoroso espíritu de renacimiento para que la economía argentina pueda reformar las estructuras jurídicas, sociales y económicas que la mantienen atada a un pasado de infausta memoria.

Ese renacimiento se consigue cuando los gobernantes, legisladores y magistrados judiciales saben distinguir entre el Orden Económico y el Proceso económico social. El Orden económico debe ser estable, eficiente, estimulante y justo, mientras que el Proceso económico social tiene que ser libre, exento de fraudes, privilegios, intervenciones y manifestaciones de poder. El nuevo diseño de la economía debiera asemejarse a un inteligente sistema de riego artificial en zonas áridas, donde los canales, zanjas, desvíos, exclusas y derivaciones sean seguras, confiables, mantenimiento adecuado y limpieza de sedimentos. Mientras que el proceso económico a través del mercado y el sistema de precios discurra en forma libre y autónoma buscando los microequilibrios en las millones de circunstancias que presenta la vida. Se trata de un orden espontáneo en lugar de un orden fabricado por los políticos.

Por eso, el Gobierno debe prestar suma atención a la calidad y coherencia de las leyes, decretos y reglamentaciones que deba dictar después de la epidemia. No debe admitir la incoherencia y discrepancia entre los distintos órdenes de la vida. La política, las leyes, la justicia, la moral pública deben ser interdependientes entre sí y con la economía para construir y asegurar un orden económico natural a la medida del ser humano.

Eso es lo que puede graficarse con este esquema que debiera estar grabado y cumplimentado por todas las oficinas, departamentos, secciones, subsecretarías, secretarías de Estado, ministerios y reparticiones autónomas.

Para conseguirlo y consolidarlo será necesario e imprescindible rever todas las leyes que contengan normas, regulaciones o disposiciones económicas para adecuarlas a una Constitución Económica para el Renacimiento y cuyos criterios fundamentales, comprobados en todo el mundo desarrollado, son los siguientes principios constituyentes y normas reguladoras:

  1. Priorizar una moneda estable que asegure equidad para todos.
  2. Garantizar respeto a la propiedad privada pequeña o grande.
  3. Exigir sólo responsabilidades individuales no grupales.
  4. Mantener estable y sin cambios, la política económica.
  5. Asegurar la libertad de contratar y elegir en todos los aspectos.
  6. Establecer mercados abiertos, internos y externos.
  7. Renunciar al control policial de precios.
  8. Vigilar todas las formas monopólicas públicas o privadas.
  9. Abstenerse de políticas de ingresos sin méritos.
  10. Reaccionar de inmediato por abastecimientos anormales.