Deirdre McCloskey dice que le suenan muchas caras de los exfuncionarios argentinos. Que reconoce sus ojos a pesar del paso de los años, porque fueron alumnos suyos durante su paso por la Universidad de Chicago en la década del 70. Al parecer, no le hicieron demasiado caso. «Ustedes, los argentinos, han tratado de todo en materia económica, pero nunca intentaron las cosas correctas», lanza.

McCloskey tiene 76 años, es graduada en economía de Harvard, es autora de 14 libros y fue profesora en las universidades de Chicago, Illinois y Iowa. En la biografía publicada en su Web personal aclara que muchas veces es considerada una economista «conservadora», pero que, en sus propias palabras, ella no es conservadora sino una «liberal clásica y cristiana».

Invitada por la Fundación Libertad para dar una charla en la Universidad del CEMA, McCloskey dialogó con LA NACION sobre riqueza, libertad y salarios. Adelantó que, si fuera electa «reina» de la Argentina, volvería a la convertibilidad para quitarle al Gobierno el monopolio sobre el dinero.

Su receta es simplemente liberal, ni más ni menos: la única solución que propone para crecer es abrir completamente la economía y reducir el Estado a funciones mínimas. Pero, cuidado, sin discursos de odio hacia los políticos: «Esa forma de hablar es peligrosa porque luego aparecen candidatos con aires heroicos como Juan Domingo Perón o Donald Trump», asegura.

-El título de la charla que vino a dar es «¿Cómo fue que la Argentina se volvió rica y cómo puede volverse más rica?». Muchos de sus colegas le discutirán que la Argentina hoy no es rica y hace mucho que no lo es.

-Sí es rica, y por estándares históricos. Imagine a los inmigrantes y a los aborígenes de la Argentina en 1800: ellos eran mucho más pobres de lo que los argentinos son ahora. Es importante saber cuánto ha mejorado el mundo desde entonces. Hace 300 años, la persona promedio en el mundo ganaba US$2 al día. Hoy, en Estados Unidos, una persona gana alrededor de US$130 al día. ¿Cómo sucedió esto? La agricultura no enriqueció a la gente, pero permitió a la gente juntarse en ciudades y eso resultó en elevar las civilizaciones. Tras la Revolución Industrial hubo una explosión y terminamos con un aumento importante del ingreso. Es un cambio tremendo y no hay razón por la que el mundo no pueda vivir una experiencia similar en los próximos 25 años.

-Pero hace ocho años que la Argentina no crece.

-Porque el comercio exterior no es la fuente del crecimiento. El intercambio comercial no importa demasiado: la única razón por la que importa es porque eleva el estándar de servicios y bienes. Las economías son proteccionistas porque quieren preservar los puestos de trabajo, y en realidad la mejor manera de preservarlos es mejorar los estándares de todo, que todo el mundo sea más rico y ofrezca más trabajos. No es un problema que la Argentina esté en el rincón del mundo: Nueva Zelanda también lo está y es uno de los países más ricos porque adoptó el libre comercio y dejó de aplicar el modelo de sustitución de importaciones. El liberalismo es lo que hace a la gente rica, no la protección ni los programas del Gobierno.

-¿Y cómo aplicaría su modelo en un país en el que un tercio de los ciudadanos es pobre?

-No son pobres por estándares internacionales o históricos. Pensamos en la pobreza en términos relativos y siempre habrá 30% que estarán en la parte más baja de la pirámide. Yo soy cristiana y liberal y también quiero ayudar a la gente que está más abajo en la pirámide. Pero mire: la gente más pobre del mundo hace 40 años estaba en China e India, y hoy los dos países se liberalizaron y están creciendo a tasas altas. La gente dice que el crecimiento solo vuelve más ricos a los ricos, pero eso no es cierto, también los pobres tienen mejores vidas.

-¿Cree que se puede aplicar a la Argentina?

-Muchos antepasados de los argentinos llegaron a este país siendo analfabetos y hoy sus bisnietos son profesionales. Eso es lo que pasa cuando la sociedad es libre. Pero para algunos parece que es más fácil agarrar cosas de los ricos y dárselas a los pobres. Y no estoy totalmente en contra de medidas así, siempre y cuando se hagan de manera tal que no terminan subsidiando a la clase media, que es básicamente lo que sucede con los programas de bienestar. Creo que el mejor trato siempre es una economía vibrante.

-El país no la tiene, está en recesión…

-Lo sé, pero puede tener una mañana. No hay nada étnico, nada geográfico, nada peculiar sobre la Argentina que no puede arreglarse mañana.

-¿Qué opina de los altos índices de inflación? En abril la tasa fue del 3,4%.

-Es escandaloso que el Gobierno imprima tanto dinero. Debería parar de hacerlo.

-Si usted pudiera aconsejar al Gobierno en este punto, ¿qué le diría?

-Supongamos que soy la reina de la Argentina y que puedo hacer todo. Prohibiría el salario mínimo vital, frenaría la impresión de dinero, abriría por completo el comercio y simplemente ataría el peso al dólar o al oro. Sé que ustedes han intentado de todo, pero no de manera correcta. También prohibiría todas las licencias y matrículas que da el Estado a los profesionales, porque eso es un obstáculo para que los pobres crezcan. Separación de la economía y del Estado. Que el Gobierno salga de la economía, hay pocas cosas que el Gobierno debería hacer: debería obligar a que se vacunen por varicela, debería proteger al país de una invasión de Brasil y pocas cosas más. Al mismo tiempo, reduciría las Fuerzas Armadas a prácticamente nada porque -no debería explicárselo a una latinoamericana- solo sirven para oprimir al pueblo. Restringiría a la policía y prohibiría los servicios secretos.

-¿Por qué le parece sustentable la convertibilidad?

-Porque hace que para el Gobierno sea muy difícil hacer cualquier cosa. Hay tres maneras de hacer impuestos: quitar dinero, que es la forma más usual; emitir bonos y cobrarles gravámenes a las personas en el futuro; o generar inflación. Si el Gobierno tiene el monopolio del dinero -no creo que deba tenerlo, es algo que prohibiría- cualquier persona o institución podría emitir una moneda siempre y cuando esté respaldada por el dólar o el oro.

-¿Y qué sucede con las consecuencias negativas sobre la balanza comercial?

-La paridad de la moneda no tiene consecuencias negativas. El comercio exterior se determina por lo que la Argentina hace muy bien, así que eso es lo que debería exportar. Le pregunto: ¿le preocupa demasiado la balanza de pagos con su verdulero? Imagino que no. Esto es lo que hace que las ansiedades de Donald Trump sobre el comercio con China sean tan estúpidas. Usted le paga al verdulero, pero también gana su dinero en otro lado, no recibe bienes del verdulero a cambio de otros servicios que usted le ofrece a él. Si la Argentina no publicara estadísticas sobre la balanza de pagos, nadie la sentiría. Dejen de preocuparse por eso y dejen que el peso sea intercambiable por el dólar. De hecho, ni dejen que el Gobierno lo haga, sino que los bancos lo hagan, que ellos garanticen que un peso equivale a un dólar. Volviendo al tema de ser la reina, prohibiría las políticas contracíclicas: no necesitamos políticas públicas, necesitamos una economía libre. Si dejás que las personas hagan cosas -por supuesto, sin que hagan fraude-, van a fundar una compañía o buscar trabajo y, si fracasan, fracasan. Esto debería ser una economía de adultos, no de niños.

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